Hace unos días, y como viene siendo costumbre año tras año, el encendido de las luces marcó el inicio de las fiestas navideñas. Unas luces que este año han generado debate, y es que, cuando aún se sufren los efectos de la crisis generada por la Covid-19, no son pocas las voces que han sugerido invertir su coste en ayudas al comercio, especialmente perjudicado por la coyuntura, si bien tampoco faltan los que se reafirman en la necesidad de mantenerlas, en aras de un efecto «llamada» para favorecer las compras navideñas.
Sin duda van a ser unas fiestas muy distintas, pandemia obliga, pero siempre quedan alternativas en las que invertir nuestro tiempo, y qué mejor que hacerlo en una actividad que mantiene viva una de las tradiciones más arraigadas de la isla, los Belenes. Sí, esas pequeñas representaciones del nacimiento de Jesús que hacemos por estas fechas en nuestras casas y que, aficionados y artesanos, con todo su cariño y buen hacer, nos brindan la oportunidad de descubrir en iglesias, mercados, ayuntamientos o espacios abiertos repartidos por toda nuestra geografía.
Los hay de la más diversa talla y factura; tradicionales, modernos, payeses, minimalistas, detallistas, complejos… Cada uno de ellos representa un reto contructivo, al que se dedican muchas horas de diseño y montaje, y a la vez una oportunidad para admirar esta suerte de arte efímero, pero hay aún más… Los belenes hacen también ese efecto llamada, a los turistas o visitantes para fotografiarlos y subirlos a las redes sociales («yo estuve allí»), y a los locales para recordarnos que, pese a las dificultades, un año más llega la Navidad, y así como un día el virus llegó y un día se irá, cuando lo hayamos vencido, los Belenes también llegan y se van, pero la ilusión por ver esas pequeñas y grandes figuras tomar vida se mantiene.
Estos días, con la excusa de ver una de estas representaciones, entraremos en una iglesia, que puede que conozcamos o no, una oportunidad para descubrir y admirar nuestro patrimonio. O entraremos en un ayuntamiento, y quizás podremos tocar con nuestras manos la importancia y responsabilidad que conlleva el servicio público, entendido como el desinteresado ofrecimiento al prójimo. O visitaremos un mercado, donde podremos, de nuevo, impregnarnos del ambiente que respiran y contribuir con nuestras compras al pequeño comercio de proximidad, ese al que la situación ha golpeado con mayor fuerza, no solo por la pandemia, sino por la incesante globalización que nos lo trae todo a casa a golpe de dedo índice. Detrás de las pantallas hay luces impersonales, detrás del comercio local y de proximidad, una sonrisa y la mano tendida.
En estas fechas y más que nunca, apostemos por ellos…. Y muy Felices Fiestas.


Leyendo textos así, me motivo a coger la bufanda y salir a impregnarme del espíritu navideño.
No dejemos que el virus nos quite estas emociones tan preciadas.
Feliz Navidad
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