Ya hemos dejado la navidad atrás. Unas fiestas complicadas, muy distintas a las celebraciones que solemos hacer cada año, aunque con tradiciones muy mallorquinas que, pese a las dificultades, se mantienen.
El canto de la Sibil-la es una representación apocalíptica cantada de origen griego y romano nacida en las ceremonias de culto medievales que, con el paso del tiempo, pasó a llevarse a cabo en los atrios de los templos. Antiguamente se daba en todas las iglesias cristianas europeas, pero a día de hoy sólo se conserva en Mallorca y en el Alguer (Cerdeña), y se celebra en las “Matines” o misa de Nochebuena.
El nombre de Sibil-la tiene su origen en la antigua Grecia. Así se denominaba a las mujeres vírgenes dotadas de virtudes proféticas, a las cuales se atribuyó el conocimiento de lo futuro. El nombre de Sibil-la era particular de la Profetisa de Delfos, pero se hizo común a todas las mujeres que rendían oráculos (siendo el más conocido precisamente el de Delfos). El número de Sibil-las es desconocido, aunque personajes tan importantes como Platón, Solino, Eliano o Varrón han divagado acerca de ello.
Si bien la iglesia Católica no prestó demasiada atención a las Sibil-las al considerarlas elementos de religiosidad pagana, lo cierto es que su culto estaba muy arraigado entre el pueblo, hecho que llamó la atención a muchos investigadores. De este modo, algunos de estos oráculos como la Sibil-la de Cumas y la Sibil-la Tiburtina gozaron del favor cristiano. De estos oráculos se desprende el anuncio de la llegada de Jesús, Hijo de Dios Salvador y del fin del mundo, lo que concuerda casi a la perfección con los discursos apocalípticos del Evangelio. Todos los versos sibilinos fueron traducidos al latín por San Agustín en el libro 18 de “De Civitate Dei”.
La Sibil-la suele estar representada por una chica o niño joven, que viste normalmente una camisa larga o túnica, blanca o de color, en ocasiones bordada y otras adornada con galones dorados en el cuello y parte inferior. Casi siempre lleva una capa. Cubre su cabeza con un curioso sombrero armenio, que varía de forma y color según el lugar, mientras blande en las manos una espada que permanece erguida delante del rostro durante todo el canto. Al final de este, se hace la señal de la cruz con la espada.
La entrada de la Sibil-la suele estar acompañada de una música estruendosa tocada con el órgano. Cuando la Sibil-la llega al trono o lugar elegido para la representación, el órgano calla y, en mitad de un silencio expectante, comienza el canto con una letra terrible, cuyas estrofas van alternando con la música del órgano:
“El día del Juicio… perecerá todo aquél que no haya hecho el bien
Jesucristo, Rey Universal, hombre y verdadero Dios eterno,
del cielo vendrá para juzgar y dará a cada uno lo justo;
un gran fuego bajará del cielo; mar, fuentes y ríos, todo se quemará;
los peces darán grandes gritos, perdiendo sus habilidades naturales.
El sol perderá su claridad mostrándose oscuro y tenebroso;
la luna no iluminará, y todo el mundo será tristeza.
A los buenos les dirá: – Hijos míos, venid…
al reino que os tengo asignado desde que el mundo fue creado.
Y a los malos les dirá, muy agriamente,
Id, malditos al tormento! Id, id al fuego eterno
de las profundidades del Infierno.
Humilde Virgen, que habéis parido
al niño Jesús esta noche,
rezad a vuestro Hijo
para que del Infierno os quiera liberar.
El día del Juicio… perecerá todo aquél que no haya hecho el bien”.
El origen del canto de la Sibil-la en nuestra isla se puede deducir de lo explicado en el “Breviario Maioricense” impreso en Venecia en 1506. En él se habla de la representación escénica conocida con el nombre de “Processó dels Profetes”, que se conservó en Mallorca hasta el siglo XVI. Durante la lección novena de los “Matines” salían de la sacristía de la Catedral y llegaban al presbiterio antiguos personajes bíblicos, entre los que se encontraba Moisés. El obispo invocaba el testimonio de la Sibil-la, a la que respondía el clero en grupos de dos sacerdotes, cantando las trece estrofas de las que consta el profético y misterioso poema. En el siglo XV se cantaba en latín, y a partir del siglo XVI se tradujo a la lengua vernácula. No existen datos concretos sobre la primera traducción al catalán, aunque algunas fuentes apuntan a que fue obra de Fray Anselm Turmeda. Con el tiempo fueron desapareciendo muchas de las estrofas, pasando de las dieciocho iniciales a solamente ocho, siendo algunas de ellas transformadas.
En 1572 el obispo Diego de Arnedo prohibió terminantemente el canto de la Sibil-la. El obispo Vich i Manrique levantó dicha prohibición tres años más tarde, autorizando además el canto de villancicos en cada uno de los nocturnos, costumbre que se practicó hasta el siglo XVIII. En 1666 el obispo Pedro Manjarrés de Heredia prohibía de nuevo el canto por considerarlo ofensivo a Dios, siendo autorizado de nuevo y definitivamente en 1692.
Una tradición, por desgracia perdida hoy en día, consistía en colgar una cuerda llena de “neules” y golosinas de tal modo que, al final del canto, era cortada por la Sibil-la con un certero golpe de espada, siendo motivo de alboroto y regocijo entre el público. Dicha caída de las “neules” podía simbolizar la caída de las estrellas al final de los tiempos, según el anuncio de la propia Sibil-la.
